Ana Mahé Inda González, es madre de dos hijos: Amalia, una niña con una condición genética que la hace única, y Mauricio, un pequeño de curiosidad insaciable. Mae para la comunidad, es la creadora de un mundo único en el cual la pregunta es simple: ¿cómo acompañar a los niños para que realmente florezcan?
Rendirse ante las características de sus pequeños no fue nunca la opción y, cuando el mundo no ofrecía respuestas, Mae decidió construirlas con sus propias manos. Se formó en Neurociencias Aplicadas a la Educación, en Educación Emocional y en Dirección de Equipos, y comenzó a crear un espacio donde su hija cupiera entera y su hijo no tuviera que apagar su curiosidad para encajar. Negolution se acercó a este proyecto para conocer de cerca el impacto verdadero y conversó con Mahé, la especialista en comunicación de este proyecto.
La primera frase de Mahé es muy clara y responde el camino seguido por El Mundo de Amalia para insertarse en su comunidad.
¿Cómo nuestro Mundo de Amalia ha llegado tan lejos?, se cuestiona Mahé y a la vez responde: “porque hemos ido tejiendo ejes de acuerdo con las necesidades de nuestra comunidad:
- El NoCuido
- La Cafebrería Los Abrazos
- El Semillero
- La Escuelita para las Mamis
- El Proyecto Mala Madre
- Los Cuentos para Mauricio: con más de 8 libros infantiles publicados
- La Tienda El Mundo de Amalia
“El corazón de este proyecto es el NoCuido, no por gusto lo mencionamos de primero. Se trata de un espacio de crianza respetuosa ubicado en 9na y 130, en el municipio Playa, muy cerca del ISA y el Palacio de Convenciones. Allí, los niños de 0 a 5 años pasan la mayor parte del tiempo en contacto directo con la naturaleza”.
El lugar permite que los jardines que rodean el espacio sean el hábitat natural de los pequeños. Donde corren, trepan, exploran y se mueven en libertad, mientras comparten el entorno con las especies que conviven estos terrenos. Todo esto ocurre de manera orgánica, porque el espacio está diseñado para que así sea.
“Cotorras, ardillas, zunzunes (colibríes cubanos), mariquitas, pájaros carpinteros y muchas otras aves y pequeños animales se han instalado en estos espacios, convirtiéndose en compañeros cotidianos de los niños. La interacción con la fauna local no es una actividad programada: es parte de la vida diaria. Los niños observan, preguntan, aprenden a respetar y a cuidar. También siembran, riegan y acompañan el crecimiento de las plantas”, señala.
Mahé explica que la naturaleza no es un añadido ni una actividad extracurricular: es un pilar del desarrollo que se basa incluso en investigaciones más recientes en Neurociencias Aplicadas a la Educación las cuales confirman que, durante los primeros años, el cerebro infantil busca prioritariamente el contacto con entornos abiertos y naturales.
“Los niños menores de tres años, cuando tienen la libertad de elegir, prefieren los espacios verdes y el aire libre. Es alrededor de los tres años cuando el desarrollo neurológico comienza a impulsar al niño “hacia dentro”, hacia la concentración y el trabajo con materiales más estructurados”, detalla.
Asimismo, refiere que esta concepción no resulta novedosa y menciona los principios centenarios de dos mujeres: a médica pediatra Emmi Pikler y la médica y pedagoga María Montessori, quienes realizaron aportes profundos en este sentido y desarrollaron metodologías que tuvieron como punto de partida estos mismos hallazgos.
“El Mundo de Amalia bebe directamente de esas fuentes, integrando lo mejor de ambas tradiciones con los descubrimientos más actuales de la neurociencia. Los niños pueden decidir estar todo el tiempo en los espacios verdes o entrar a las Salas de Materiales solo si lo desean. Esa libertad, esa confianza en su capacidad de elegir, es la base sobre la que construimos”, confirma.
El Semillero: “sembrar hoy lo que queremos cosechar mañana”
Pero los pasos de este mundo tan peculiar se amplían y para ello se han extendiendo hacia un nuevo espacio verde, llamado El Semillero, que se ubica en 17 y 80.
“Este nuevo lugar contará con un huerto, áreas de juego en contacto con la naturaleza y una Cafebrería y el objetivo es ofrecer experiencias de aprendizaje sobre siembra, cultivo y economía circular a otros niños y familias que aún no forman parte de la comunidad del NoCuido”, señala Mahé.
El Semillero, está creado con el objetivo de ser una metáfora viva de la crianza respetuosa: ambas siembran hoy lo que queremos cosechar mañana.
“Este enfoque no es solo ambiental: es profundamente educativo. Porque cuando un niño composta, aprende paciencia y respeto por los ciclos. Cuando siembra, aprende a confiar en el futuro. Cuando intercambia, aprende a compartir y a valorar lo que tiene”, puntualizó.
Además, prevén aplicar conceptos de economía circular con un enfoque que se traduce en acciones concretas:
- Compostaje: Todos los restos orgánicos que se generen en la Cafebrería y en los talleres de cocina se transformarán en abono para el huerto. Los niños participarán en este ciclo, aprendiendo que lo que llamamos “basura” puede ser el inicio de una nueva vida.
- Huerto como eje: El huerto no es decoración. Es el corazón del espacio. Allí los niños siembran, cuidan, cosechan y, finalmente, preparan y comen lo que han cultivado. El ciclo completo: de la tierra a la mesa y de vuelta a la tierra.
- Reciclaje creativo: Talleres donde los niños aprenden a transformar materiales que ya no se usan (tapitas, botellas, telas, cartones) en juguetes, instrumentos musicales u objetos útiles. El mensaje: “nada se pierde, todo se transforma”.
- Agua de lluvia: Implementaremos sistemas sencillos para recolectar agua de lluvia y usarla en el riego, enseñando a los niños el valor de este recurso y la importancia de cuidarlo.
- Trueque e intercambio: Un pequeño “banco de intercambio” donde los niños pueden traer juguetes o libros que ya no usan y llevarse otros. Así aprenden que compartir y reutilizar es mejor que acumular y desechar.
- Cocina circular: Talleres donde se cocina con lo cosechado, aprovechando al máximo cada alimento (por ejemplo, hacer chips con cáscaras de papa o caldos con las verduras que suelen desecharse).
“Queremos que por El Semillero pasen niños de las escuelas primarias, de las secundarias, de otros proyectos de emprendedores, de iniciativas del gobierno, de espacios comunitarios… de todos los lugares posibles. Niños que vienen de contextos diferentes, de realidades diversas, y que puedan encontrarse en un lugar donde aprendan, desde la experiencia directa, que un mundo diferente es posible”, afirmó Mahé.
Una de las grandes frases que caracterizan a los padres durante la primera infancia de sus hijos es la tarea de “mantener” la atención del niño en aluna actividad; y luego de conversar con Mahé y conocer El Mundo de Amalia, entendimos, tal como ella explicó, que no se “mantiene” la atención de los niños. “La respetamos”.
“Esta diferencia es clave, recalca. Un niño de 3 años ya tiene atención, y de hecho tiene una atención poderosa. Cualquier madre ha visto a su hijo pasar 20 minutos observando una hormiga, completamente absorto, sin que nadie le dijera “concéntrate”.
De acuerdo con Mahé, el problema; -y estamos seguros de que tiene toda la razón-, está en que los adultos solemos interrumpir esa atención porque tenemos prisa, porque creemos que “eso no es importante” o porque pensamos que hay que estar haciendo algo “más productivo”. Nuestro trabajo no es mantener su atención, es no interrumpirla.
La atención en los niños pequeños funciona de manera diferente a la de los adultos. No se puede forzar; se construye desde abajo: primero necesitan moverse libremente para que su cerebro se organice, luego necesitan explorar el mundo con todos los sentidos, y mucho después, alrededor de los 3 años, empiezan a desarrollar la capacidad de sostener la atención de manera voluntaria
“Cuando un niño elige libremente, su cerebro libera dopamina, que es la sustancia que hace que queramos seguir haciendo algo. La atención se sostiene sola porque lo que está haciendo realmente le importa. Un niño que elige, atiende. Un niño que es forzado, se desconecta”, explicó.
La clave con los niños, dijo; es crear. Los pequeños deben desplegarse naturalmente: movimiento libre, naturaleza, libertad para elegir y adultos que los acompañan con calma, sin interrumpir, sin apurar, sin imponer. Eso es lo que hacemos en El Mundo de Amalia. Y funciona.
“Creemos firmemente en las alianzas… todo suma, todo sirve, todo siembra”
Al preguntarle sobre las colaboraciones de otros tipos de emprendimientos con el Mundo de Amalia, Mahé, subrayó la importancia de las alianzas con sectores claves.
“Creemos firmemente en la fuerza de las alianzas. Una institución que done paneles solares, un agricultor que comparta sus semillas y su saber, una universidad que acerque a sus estudiantes en prácticas, una empresa que financie materiales didácticos, un artista que diseñe un espacio de juego con materiales reciclados, una escuela que traiga a sus niños de excursión… todo suma, todo sirve, todo siembra”, destacó.
Dijo que el proyecto está abierto a colaboraciones, “tanto de emprendedores como de instituciones. Necesitamos apoyo en múltiples formas: recursos materiales, conocimientos especializados, acompañamiento cognitivo y, sobre todo, alianzas sostenibles en el tiempo”.
Imaginamos, por ejemplo, que un emprendedor que tenga un negocio de energías limpias podría crear un pequeño espacio —un taller, una estación, un “spa energético” para niños— donde les enseñe cómo funciona la energía fotovoltaica, cómo se aprovecha la energía eólica, cómo pueden visualizar un futuro donde estas fuentes limpias sean protagonistas del consumo energético de nuestra sociedad, puntualizó.
Cualquier ámbito que pueda traducirse en una experiencia significativa para la infancia son bienvenidos, expresó Mahé.
“Emprendedores vinculados a la agricultura sostenible, la producción de alimentos saludables, el reciclaje, la movilidad limpia. No solo para apoyar a El Mundo de Amalia, sino para empoderarse como agentes de cambio y contribuir a que más proyectos, en más lugares, puedan educar de esta manera”.