En 2007, el gobierno cubano lanzó el más amplio programa de transformaciones del modelo económico cubano en más de medio siglo. Aduciendo la necesidad de introducir “cambios estructurales y de concepto”, estas reformas que se enfocaron inicialmente en la agricultura, se expandieron rápidamente a otras áreas de la econo-mía, como la estructura de propiedad. Ya en 2011 se adoptaba el primer documento oficial que serviría de guía para esos cambios, conocido como los “Lineamientos”. Otros documentos más sustanti-vos se aprobaron en 2016.
Particularmente llamativa ha sido la ampliación del espacio del sec-tor no estatal. Empezando con la entrega de tierras y otras trans-formaciones en busca de un nuevo modelo agrícola, la posterior fle-xibilización de condiciones para la operación del “trabajo por cuenta propia” en septiembre de 2010, y la introducción de las cooperativas urbanas; se han creado las condiciones para que el tamaño del sec-tor no estatal sea, a la altura de 2018, el mayor desde los inicios de la década de los sesenta, con casi el 30% de los ocupados.
Específicamente en relación a los “cuentapropistas”, el contexto ac-tual difiere del enfoque que emergió durante los noventa en varios ámbitos destacables. Ahora existen documentos públicos que consa-gran una función social para este sector y van más allá, al aceptar la instalación de verdaderas empresas privadas de pequeño y me-diano tamaño, aunque esto último está pendiente de implementar. Además, este movimiento tiene lugar junto a otros cambios en el modelo económico vinculados con una mayor participación de las empresas extranjeras, trasmisión de propiedad inmobiliaria, auto-móviles, eliminación de restricciones a la salida del país, entre otros. No obstante, también se mantienen rezagos del pasado. En agosto de 2017, se detuvo el otorgamiento de licencias en las categorías aprobadas más importantes, sin que se haya definido una fecha pa-ra su reanudación. Esto ha ocasionado un aumento de la incerti-dumbre y afectaciones directas a aquellos que, apostando por un proyecto de vida dentro de Cuba, habían ya comprometido significa-tivos recursos de inversión.
El panorama económico más general tampoco es muy halagüeño. Una serie de factores domésticos y externos han retrasado conside-rablemente la implementación de las ideas consensuadas en los do-cumentos que guían la “actualización”, y los efectos económicos po-sitivos que se esperaban. Por una parte, el propio gobierno ha re-conocido que los cambios prácticamente se han detenido desde 2016, aduciendo obstáculos provenientes de la propia burocracia es-tatal y la entrada en una nueva fase más compleja, dado que se adoptaron ya las decisiones más simples. La ausencia de resultados económicos tangibles, junto al incremento de la desigualdad (injus-tamente atribuida al sector no estatal) han generado un clima más adverso para continuar adelante con las transformaciones.
Asimismo, el contexto externo se ha modificado notablemente. Si Cuba disfrutó entre 2010 y 2016 de un favorable panorama político en las Américas, incluyendo un intento de reparar los vínculos con Estados Unidos; ahora la situación es diferente. La instalación de gobiernos de derecha, junto al cambio en la administración norte-americana implica un escenario menos amistoso. Además, importan-tes socios de Cuba en la región como Venezuela y Brasil han atrave-sado por crisis económicas que han afectado sus vínculos con la Isla. Las medidas adoptadas por el gobierno de Estados Unidos en no-viembre de 2016, junto al efecto del huracán Irma y las adverten-cias de viaje del Departamento de Estado en septiembre, crearon tal confusión que el arribo de visitantes ha caído desde septiembre has-ta por lo menos marzo de este año. El mercado norteamericano se ha visto especialmente afectado. El impacto negativo sobre una parte importante del cuentapropismo cubano ha sido inmediato y significativo. Una parte de este sector creció al amparo del merca-do solvente que proveen los visitantes internacionales, por lo que no es sorprendente que los núcleos más activos se han expandido alre-dedor de los polos turísticos urbanos más florecientes, como La Ha-bana, Trinidad, Viñales, o Camagüey.
Es indiscutible que los últimos 10 años revelan un saldo positivo para el “cuentapropismo”, más allá de las cifras tradicionales que hablan de su mayor papel en la economía y la sociedad; ahora también go-za de un mayor reconocimiento oficial y social. Además, emergen iniciativas por parte de los emprendedores que muestran una madu-ración del sector, que está listo para nuevos desafíos. Quedan pen-dientes algunas cuestiones importantes. Primeramente, se precisa de un marco regulatorio moderno, claro y predecible que posibilite alinear el desarrollo del sector con el del país. En la Cuba contempo-ránea esto se traduce en reglas claras y en mayores posibilidades para que el talento local se aproveche plenamente dentro del país. Las tecnologías de la información y las comunicaciones tienen que ocupar aceleradamente su papel como motor del desarrollo en el siglo XXI, y existen los recursos humanos preparados para ello. La dinámica demográfica exige potenciar el aprovechamiento de la fuerza de trabajo, ya sea en el sector público o fuera de él. Un mal todavía mayor sería la emigración joven o el ensanchamiento de la informalidad.
Sería muy idealista pensar que los nuevos derroteros estarán libres de contradicciones, pero se puede concebir un plan realista para re-solver esas contradicciones asegurándonos de que Cuba y sus ciu-dadanos emerjan como ganadores.

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