Cuando se recorre la cinematografía de Almodóvar varios tópicos son fácilmente discernibles: la mujer, el sexo, los fetiches, la religión, la familia y la homosexualidad. Todo nace de una personalidad altamente sensible y con un sentido trágico de la vida, cualidades que han llevado a definirlo, por algunos, como el más prolífico, independiente y simbólico director del cine español.

A pesar de provenir de una familia tradicional española que deseaba para él una carrera religiosa, el pequeño Pedro fue picado por el cine muy pronto. Recuerda que cuando tenía menos de diez años comía onzas de chocolate que traían cromos de artistas de Hollywood. “Fue mi primer contacto grasiento, untuoso, de un universo que obviamente no era el manchego. Yo quería evadirme de la calle en que nací y trabajar con esas estrellas”, confesó.

Tal era su voluntad de pertenecer a este mundo que con solo 16 años y la cartera vacía, se trasladó a Madrid en donde trabajó en disímiles puestos y aprendió por su cuenta las técnicas de escritura, interpretación y rodaje.  Al principio, “pensaba que los actores lo hacían todo. Desde que descubrí que había un narrador delante de la cámara decidí que quería ser eso”. Se hizo de una Súper 8 y empezó a hacer sus “peliculitas”.

Del Súper 8 al icono de referencia

La carrera de Almodóvar tuvo una mecha llamada Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón; su primer largometraje comercial que le consiguió muchos seguidores por su carácter abiertamente liberal y un gran sentimiento de hermandad. Las producciones posteriores exploraron temas como la homosexualidad y los trastornos mentales con una marcada estética por el kitsch, el humor indignante y la sexualidad explícita, que establecieron a Almodóvar como un agente provocador del cine español.

Aunque sus películas exhiben un elemento autobiográfico, es la sociedad española su fuente inagotable de inspiración. Antiguos tabúes y temas censurados tienen reservado un enfoque dentro de su filmografía y si bien a través de ellos se suelen criticar con formalidad los problemas sociales, el director consigue que el tono de sus películas no sea demasiado serio o dramático. En ellas siempre hay un curioso sentido del humor que nace de su afinidad con la sátira, la parodia, el pop art y la comedia negra.

Cuando se ve una “peli de Almodóvar” hay que bajar más allá del argumento. Con él no hay nada dejado al azar. Como director de un cine de autor, sus creaciones responden a una arquitectura muy pensada en forma y fondo donde lo que importan son los temas y sus personajes, ya sean amas de casa en crisis, prostitutas, travestis, monjas embarazadas o drogadictos. Son los vehículos para conseguir la reflexión.

Ser actor, o en la mayoría de los casos actriz, en las películas de Almodóvar puede ser gratificante profesionalmente, pero también un enorme reto por lo detallista y exigente de su persona. Emma Suárez, protagonista en Julieta, cuenta que “en una de las tomas hay un librero al fondo y te aseguro que revisó cada uno de los libros y se aseguró de que cada libro fuera el correcto”. Por otro lado, Elena Alaya, de La piel que habito, dijo que “es el director que te da más notas. Te dice exactamente lo que el personaje piensa, siente y quiere, cada segundo”.

Tanto recelo por los detalles, unido a su manera particular de contar historias, le han sido reconocidos con dos Premios Oscar por mejor película extranjera y mejor guion original, cinco Premios BAFTA, dos Globos de Oro, siete Premios Goya, varios honores en el Festival de Cine de Cannes y otro considerable grupo de nominaciones en los más relevantes eventos.

Sus mujeres y otros demonios

“Siento que mi historia va a ser mucho más rica y entretenida con mujeres”, dijo Almodóvar en una entrevista al New York Times. Y no es para menos, ya que su capacidad de conjurar personajes femeninos memorables sigue siendo una constante en su cine, quizás por haberse criado con su madre, hermanas y vecinas. “(…) en la cultura española la mujer es más vivaz, más expresiva a la hora de hablar y comportarse. Es más directa, tiene menos sentido del ridículo y menos prejuicios”, argumentó.

Almodóvar muestra a las mujeres de una forma muy distinta a como solemos verlas en el cine. Sus valoraciones sobre la belleza femenina no se limitan a las mujeres jóvenes sino que se basan más en la fotogenia, a quién ama la cámara y a quién no. Él “nunca intenta simular. Si quiere una actriz que tenga 40, esa es la actriz que busca”, comentó Marisa Paredes, quien ha trabajado junto a él durante toda su carrera.

No existe otro secreto para un director que mantenerse apegado a su contexto pasado y presente. “En mi cine no hay mensajes explícitos, pero sí de libertad y de autonomía moral. El método es estar despierto”, confiesa. “La realidad te proporciona la primera línea, la segunda la escribes tú”.  Tales sentencias son las de un hombre que gusta de aventarse a lo desconocido y reinventarse con cada fotograma. “No se debe propiciar el éxito; se debe propiciar el riesgo”, comentó.

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