Bienvenido Biden

Con una tormenta tropical al acecho, un reordenamiento monetario que promete cambiar salarios, precios y desaparecer una moneda, atentos a una pandemia que parece bajo control, pero que resurge en una que otra provincia recordándonos que no, que esto no se ha acabado. Con una agenda así de complicada, muchísimos cubanos siguieron las elecciones en Estados Unidos, como quien observa un juego de béisbol en un noveno inning con todas las bases llenas.

Y es que hay una verdad irrefutable, lo que pase en Estados Unidos afecta al mundo, pero tiene que ver, y mucho, con esta pequeña isla que tiene además la misma población de la Habana, quizás más, de aquel lado del estrecho.

“¿Quién tú crees que gane?” Me preguntaron miles de veces. La gente cree que por haber cubierto aquellos eventos históricos cuando Obama se acercó a La Habana, y esta le abrió sus puertas, me convirtiera en pitonisa. Ya se sabe, o casi… Después de días en ascuas, y un conteo lento y engorroso en tiempos de pandemia, el vice de Obama, el senador por décadas, el moderado del establishment, el demócrata de libro, se lleva más votos que todos los presidentes antes electos.

“¡Ganamos!” Gritó un vecino en mi barrio habanero del Vedado, donde también se sale a aplaudir a los médicos cada noche a las 9, y se cuelgan banderas en más de un balcón cuando se aproxima un 26 de julio. El grito me hizo lanzarme al teléfono. Pennsylvania, ya, ahora sí no hay quien pare al veterano de Delaware que viene acompañado de una vicepresidenta que encierra en sí misma a casi todas las minorías preteridas de ese país.

Grita el del pasillo que ganamos…cabe preguntarse quién ganó, y qué ganamos.

Lo que ha hecho Donald Trump a los cubanos de este lado no tiene parangón en la historia de un conflicto reinventado en cada ciclo electoral estadounidense desde hace 60 años. Si quien lee lo hace desde otros lares, y no bajo el sol caribeño, le cuento, pero ya no en los términos que llenan cuartillas de informes ministeriales, sino el cuento del cubano de a pie.

Trump desempolvó una cláusula de la Helms Burton que ni Clinton, que aprobó esa legislación, activó. El título III puso en jaque la inversión extranjera, y cuestionó cuanto uso se diera a propiedades que hace 60 años fueron nacionalizadas. Así, espantaron a uno que otro que venía de afuera a invertir, y lo que afectó más a todo el ecosistema que se alimenta del visitante extranjero: impedir la llegada de visitantes extranjeros en cruceros provenientes de Estados Unidos.

El automóvil clásico brillante, con su chofer bilingüe y con pamela, quedó vacío. El restaurante que abrió para el estadounidense, o que despegó ante la llegada en masa de esa comunidad, vio sus mesas vacías.

Desde el 2014 cuando Obama y Raúl Castro sorprendieron al mundo anunciando un acercamiento inédito, hasta el 2018, el número de estadounidenses que visitó Cuba creció a un ritmo constante. Si en 2014 vinieron a la Isla 92,325, en 2018 se dio la bienvenida a más de 637 mil visitantes desde aquel país. En 2019, cuando los vuelos fueron limitados a la Habana, y la administración intimidó a cada estadounidense que tuviera la intención de conocer Cuba, solo arribaron 335 mil estadounidenses, todo esto según cifras de la Oficina Nacional de Estadísticas.

El estadounidense oxigenó el sector privado. La orientación desde Washington para sus ciudadanos era visitar y contratar servicios privados, y menos los administrados por el estado cubano. Eso llenó restaurantes y hostales de visitantes estadounidenses, mientras los destinos de sol y playa gestionados por el estado siguieron llenándose de canadienses y europeos.

La combinación de medidas internas para flexibilizar y ampliar el trabajo por cuenta propia, y un turismo estadounidense que tenía como misión gastar en el sector privado, empujaron un crecimiento acelerado para el cuentapropismo, y una diversificación de sus opciones, dentro de los rígidos límites de un marco legal que dice qué se puede hacer como trabajador privado, en vez de qué no. (Aunque advierten ahora que eso cambiará)

En 2014, alrededor de 480 mil personas trabajaban en el sector privado. En el 2017 había 100 mil más, si nos guiamos por cifras redondeadas de la ONEI. Nada más había que caminar por La Habana, para ver cómo el visitante estadounidense, unido al significativo número que ya visitaba la Isla de otros lugares, impulsó el negocio privado. Desde el de menos ingreso, hasta el más glamuroso restaurante habanero.

La administración Trump, asesorada por el senador republicano, Marco Rubio, de marcada trayectoria contra el gobierno cubano, y otras figuras que han impulsado sus carreras políticas a partir de una plataforma anticubana, ha golpeado severamente el sector privado, ha dividido a la familia, ha cortado el puente aéreo. Todo con la excusa de erosionar al gobierno cubano, mientras las mayores víctimas eran, y son el cubano de a pie.

Si Joe Biden resulta muy ocupado con los muchos problemas internos de ese país, que van desde la pandemia, hasta una polarización política nunca antes vista en Estados Unidos, y sencillamente abandona una agenda de profundizar el impacto de las sanciones con nuevas medidas casi cada semana, ya sería una buena noticia.

Pero si hace como ha dicho, y vuelve a un camino allanado por Obama, su jefe durante su vicepresidencia, sería una mejor noticia para el chofer del automóvil clásico, para el artista que ya no puede actuar en la Pequeña Habana, y también para un gobierno que trata de reordenar la economía para enrumbarla hacia un camino de productividad real, sin falacias monetarias.

La lista de pendientes que le cae arriba a Biden es larga, y tiene por delante la burocracia, la mentalidad… Quizás pudiera guiarse por la Directiva Política Presidencial para la Normalización EE UU-Cuba, escrita durante el último año de Obama, donde se sistematiza cómo hacer cumplir en Cuba una agenda que satisfaga a Washington.

Nada de lo que Biden haga tendrá sentido si no vuelve a activar una embajada reinaugurada con toda la pompa bajo el más caribeño sol de agosto en 2015. Y con ella sus servicios consulares.

Hay algo claro, Estados Unidos es un país cuya política tiene tentáculos que asustan lo mismo a un poderoso banco suizo, que a la china Alibaba tratando de ayudar a otros en medio de pandemias. Construir un sector privado sólido, transparente, que se encadene con el sector estatal, ha de ser una prioridad doméstica. Construir una alianza público-privada es un imperativo, no una opción, y Cuba necesita eso, esté en la oficina oval Trump, Biden o Kamala Harris.

La agenda de Estados Unidos con Cuba es y será cambiar a Cuba para que se parezca a lo que Washington sueña de este país, y no en lo que los cubanos, todos, los de aquí y los de allá, necesitan. No obstante, mejor avanzar en este camino con un vecino que construye puentes, y dialoga en términos de una relativa paz, quizás la única posible ahora mismo con una nación con la que nunca habrá normalidad. Por eso, bienvenido Biden, ahora, a aprovechar lo que de oportunidad puede haber en este cambio.

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