Lizt Alfonso o la terquedad de una vida que abrió los caminos cerrados

Era la única niña de su familia. Tuvo la suerte de crecer en un hogar humilde, pero “maravilloso”, al decir de ella misma, sería el impulso para llegar hasta donde ha llegado en la vida y en su carrera.

Con apenas 4 años, en la sala García Lorca del Gran Teatro de La Habana, vio por primera vez al Ballet Nacional de Cuba (BNC) interpretar Coppelia, fue ahí donde decidió lo que quería ser: bailarina.

Era tanta su obsesión, que su mamá la llevo a la sede del BNC a ver a Alicia Alonso. Su consejo, recuerda, fue más o menos el siguiente: “Yo le recomiendo que la lleve a ver todos los estilos de arte, llévala a conciertos, a los museos, a los teatros, para que ella decida su vocación”.

“Mi mamá le dio las gracias y así empezó la historia”. La historia de Lizt Alfonso.

Cualquiera pudiera pensar que la vida de Lizt ha sido color de rosas. Pero tras esta mujer, que ha sido catalogada como un fenómeno artístico y social por sus exitosos intercambios culturales y académicos, montajes coreográficos, clases magistrales, talleres, y por dirigir una de las agrupaciones de danza fusión más prestigiosas de Cuba “Lizt Alfonso Dance Cuba”, hay una historia de tozudez, desencuentros, de muchos “no” y resiliencia.

“A partir del momento en que decido iniciarme en el mundo del ballet fue todo a contracorriente”.

Sus clases eran en Santa Fe, Playa. Varias veces por semana tenía que ir hasta allá desde San Miguel del Padrón, “el transporte estaba malo y así fue por varios años, con mi madre acompañándome”.

Cuando se presentó a las pruebas para entrar a la escuela de ballet a los 8 ó 9 años, no pasó.

“Llegué a la casa y me tiré a morir, pero mi familia se movilizó para ayudarme a hacer mi sueño realidad. Fueron días de sufrir, de llorar”.

Un pariente le consiguió una cita con Laura Alonso, pero tras algunos exámenes le dicen que no tenía condiciones para ser bailarina.

“Yo lloraba, y ella me decía: ¿estás segura de que lo que quieres es bailar? Porque hay niños que les gusta el ballet, pero para verlo, ¿tú de verdad quieres ser bailarina? Y yo con ira, brava, no cedía, y Laura me dijo: vamos a ver lo que podemos hacer”.

Y una vez más se vio Lizt, la niña, sacrificando sus horarios de juego y recreo, esforzándose el doble que las demás niñas de sus clases de baile, ensayando todos los días, para volver a presentarse a los exámenes de la escuela de ballet.

“Con mucho esfuerzo, con mucho sacrificio, para ganar la batalla contra mis condiciones físicas, por la fortaleza espiritual que tiene que tener un niño de esa edad. Me presenté al examen y aprobé”.

“En la escuela de ballet algunas veces me dijeron: el problema es que tú no eres hija de nadie, y yo le dije: perdón, yo soy hija de Lourdes. Tienes que ponerte por encima de todo eso para lograr un objetivo mayor”.

Cuando suspendió el pase de nivel a los 14 ó 15 años, la niña que era había madurado, “me di cuenta de que Dios tenía un camino diferente trazado para mí, que me decía: abre los ojos, hay cosas más allá de esto”.

“De ahí empecé a estudiar en el pre Saúl Delgado y a estudiar en Pro-Danza, aprendí danza española, iba a la alianza francesa, hacía todo lo que podía, mi día tenía más de 24 horas, pero fueron experiencias que me abrieron un gran espectro de posibilidades.

Su meta era tener su propia compañía de baile y triunfar en los grandes escenarios internacionales. A los 23 años ya había cumplido el primero, cuando creó su compañía independiente en 1991.

“Ser independiente en aquel momento en Cuba era considerado como contrarrevolucionario, no podíamos presentarnos en ningún lugar, hasta que poco a poco algunos pequeños espacios fueron abriéndonos sus puertas”.

Poco a poco fueron rompiendo el bloqueo, hasta que a inicios de los 2000 fueron llamados para integrar el Consejo de las Artes Escénicas.

“Pero hasta el sol de hoy seguimos cargando la cruz de que fuimos y somos una compañía muy independiente, que se traza sus propios planes de vida y económicos”.

– ¿A qué le temes? – le pregunto.

– A la mentira y la mediocridad, dice.

Los expertos aseguran que las producciones de esta compañía suelen ser de altos quilates, que sus espectáculos se caracterizan por la originalidad y la capacidad para reinventarse, con un repertorio que desborda cubanía.

Durante 30 años Lizt, Licenciada en Dramaturgia y Teatrología, bailarina, coreógrafa y empresaria, ha sabido mezclar en su justa medida el ballet, los ritmos contemporáneos, el flamenco, los bailes tradicionales y afrocubanos, entre otros estilos, para hacer de cada uno de sus espectáculos una obra de arte. Sus puestas en escena han recorrido los más exquisitos escenarios a nivel mundial.

“Como espectador nunca sabes lo que te vas a enfrentar en cada puesta”, asegura.

La maestra Lizt Alfonso es una mujer incansable, que logra lo que se propone, la líder de la primera agrupación danzaría de la isla en actuar en los Latin Grammy, merecedora del Premio internacional Spotlight para las Artes y las Humanidades concedido por la Casa Blanca y entregado por Michelle Obama, y seleccionada en 2018 por la cadena BBC entre las 6 mujeres más inspiradoras e influyentes del mundo.

“Nunca estoy satisfecha con lo que hago, siempre pienso que puedo dar más”.

No dudar es afirmar que la vida es su coreografía más compleja, que no hay que esperar a que nadie te de nada y que son los “no’’ que se reciben en el camino “el motor impulsor para lograr una nueva conquista, para subir un nuevo peldaño de una escalera que nunca se acaba”.

“El futuro no es lo que estamos haciendo, es mucho más que eso, así que hay que cambiar”.

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